Sabía que a través de la educación correcta, una en la que hubiera espacio para el disfrute, la exploración, la higiene, el deporte y la ciencia al servicio de la clase obrera, un mundo nuevo podría florecer de los corazones de los niños y las niñas. Por eso creó la Escuela Moderna en Barcelona, que funcionó de 1901 a 1906. Francisco Ferrer Guardia, pedagogo, republicano, anarquista, ateo, masón, murió fusilado el 13 de octubre de 1909 tras someterse a un juicio en el que no se respetaron sus garantías procesales. Falsamente acusado de instigar la revuelta barcelonesa entre julio y agosto de ese año contra el alistamiento obligatorio para la guerra de Marruecos, la Justicia arrebató a España una de sus mentes más innovadoras, y peligrosas para el régimen.

Ahora, el Teatro La Abadía de Madrid recupera la vida de Ferrer Guardia en una obra original escrita por el dramaturgo belga Jean-Claude Idée y adaptada por José Luis Gómez. La función no rehúye ninguno de los pasajes más señeros de la vida del pedagogo a través de la interpretación de un elenco formado por Ernesto Arias, Jesús Barranco, David Luque y Lidia Otón. Todos ellos ocupan las tablas coronados por una gran campana que pende de la cúpula de La Abadía y en un continuo juego de pupitres convertidos en bancos de celda, bancos de iglesia y bancos de tribunal, sobre un suelo de arena negra y frente a una pared enladrillada.
Según introduce Gómez, director de la obra y académico de la RAE, la Escuela Moderna fue entendida por los poderes como algo peligroso porque hacía que los niños y niñas fueran educados de forma laica, en la misma clase pobres y ricos, sin distinción de sexos, todas y todos enseñados desde la libertad y sin castigos. “Buscaba formar personas libres, justas, alegres, capaces de tener un sentido crítico de la vida y que trabajaran por una sociedad mejor”, tal y como respondió a EFE, uno de los poquísimos medios que ha atendido debido a su elevada edad de 86 años.
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