“Hola, ¿está Flora?”. Un simple saludo y una pregunta inocente eran suficientes para activar todo un grupo clandestino para que las mujeres con menos recursos económicos pudieran acceder a un aborto en las condiciones más seguras posibles. En España todavía era ilegal practicar una interrupción voluntaria del embarazo. En aquella época, sobre todo en el País Valencià, se realizaron miles de abortos, se expandieron a otras ciudades y las mujeres fueron perseguidas. Pisos francos, botes de Nescafé, bombas de bicicleta y una complicidad inusitada era todo lo que necesitaban.

La periodista Paula Boira Nacher acaba de publicar Un aborto, 8.000 pesetas (Libros del KO, 2025), una minuciosa investigación trufada de acertados y reveladores testimonios de las protagonistas en donde disecciona la lucha y las técnicas ejercidas en torno al aborto en España: desde el ideario franquista hasta la regulación de la interrupción voluntaria del embarazo en 2010.
La dictadura relegó a la mujer al ámbito privado, donde coser, cocinar y procrear se convirtieron en las actividades a las que el nacional-catolicismo imperante en España las reducía. Sin embargo, por mucho que el régimen reprimiera, los embarazos no deseados seguían ocurriendo. Para evitarlos, como en tantas otras ocasiones, la situación económica marcaba las dos vías que se podían seguir, una para las chicas pobres, otra, para las chicas procedentes de familias algo más pudientes. “Para las primeras se daban abortos clandestinos por parte de conocidas, matronas o aborteras, que se dedicaban expresamente a esto. También algunos médicos, pero muchos menos y con un precio algo más elevado”, explica Boira.
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