Ayudar lo máximo posible con los recursos disponibles y saber que funcionan. Con esa vocación nació el conocido como “altruismo efectivo” o “altruismo racional”, una forma de apoyar campañas de cooperación al desarrollo internacional o de ayudas ante catástrofes naturales que maximiza la efectividad de la cuantía. Hay personas que las apoyan con aportaciones de seis cifras, otras que apenas llegan a los cinco euros, pero todas con la consciencia de que serán evaluadores externos e independientes los que examinarán cómo de efectivo es el dinero en un proyecto concreto. No se trata de ayudar solo con el corazón, sino hacerlo también con la cabeza.

El altruismo racional es un movimiento relativamente reciente, impulsado por los profesores de Oxford William MacAskill y Toby Ord y con mucho predicamento en universidades de EEUU. La popularidad de esta corriente se disparó cuando uno de sus principales defensores, Sam Bankman-Fried, fue detenido y posteriormente condenado por el robo de 8.000 millones de dólares a los clientes de su fondo de inversión. Bankman-Fried se había rodeado de una serie de seguidores de esta filosofía, defensores de que la mejor manera de ayudar a los demás era ganar la mayor cantidad de dinero posible para luego ser donada con criterios de eficacia.
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