De un barrio que se conoce y cuyas gentes confían entre sí a instalar alarmas en viviendas que, según las estadísticas, no corren ningún peligro, por si acaso. Mientras tanto, en ese “por si acaso” anida un miedo que cada vez se hace más fuerte en una generación que se crio sabiendo cómo se llamaba el vecino y que deja paso a otra generación en la que la individualización y los golpes de la industria de la seguridad han creado un otro al que temer. El envejecimiento poblacional al que se dirige España posee una lectura relacionada con las formas de compartir y construir ayuda mutua. La esperanza, dicen los expertos, está en un retorno a las antiguas formas de socialización.

Pensar en esa vecindad idílica que se está perdiendo con el paso del tiempo hunde sus raíces en unas ideas preconcebidas relacionadas con el compartir espacios de sociabilidad. Juan Cruz, antropólogo y autor de Edades de tercera. Historia y presente de una vieja desigualdad (Descontrol, 2022), considera que la comunidad, por entonces y no tanto ahora, giraba en torno a valores compartidos. Las personas que ahora se hacen viejas, nacidas del baby boom de los años 50 y 60, se criaron siendo hijos y formando parte de grupos “tocados por una idea de pobreza sobria en la que no había nada de lo que presumir y cuya base era la autoconfianza entre las familias”.
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