Tan solo se tardan dos minutos en moldear su cuerpo. Luego hay que añadir las cuatro patitas, sus dos orejas y, claro, el rabo. Todo eso para que, una vez haya engordado lo suficiente, lo rompamos con un martillo y toda la ilusión del mundo. Las huchas de cerditos han acompañado a generaciones y generaciones de niños y niñas, prestos todos en gastarse sus pequeños ahorros en ese capricho para el que han reunido calderilla durante meses. Aunque pudiera parecer lo contrario, este tipo de alcancía sigue comercializándose como antaño, cuando los más pequeños aún no tenían una cuenta bancaria. Solo una cosa podrá terminar con ellas: la desaparición del dinero en efectivo.
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¿Hora de recuperar esos ahorros antes
de que pierdan valor? (Guillermo Martínez)
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