Hablar de meritocracia pasa por pensar en conceptos como oportunidades, igualdad, salario y reconocimiento. Sin embargo, hay otra forma de razonar en torno al ideal meritocrático: su perspectiva colectiva, como forma de estructurar de la forma más eficiente y justa la sociedad. Eso es lo que defiende Jahel Queralt, profesora de Filosofía Política en la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y autora de 'Nadie merece nada. Por qué la izquierda necesita la meritocracia' (Anagrama, 2026). También explica por qué no se debe moralizar el éxito, si la meritocracia dictamina el salario y hasta qué punto hay que tener en cuenta la genética en la búsqueda de la igualdad.

La autora, especialista en justicia distributiva, apunta en su ensayo que la meritocracia no va tanto de voluntad individual como de ingeniería institucional, de cómo debemos diseñar las reglas para que todos tengamos las mismas oportunidades aun partiendo de contextos y realidades diferentes.
Esta forma de entender el principio meritocrático combina dos exigencias. Por un lado, la eficiencia: que cada puesto sea ocupado por el candidato mejor preparado. Por otro, de justicia: que cada cual haya tenido la oportunidad de convertirse en el mejor candidato que sus capacidades le permitan ser. “Para mí, la meritocracia es una forma de asignar posiciones, trabajos y oportunidades según las capacidades de cada individuo”, resume la pensadora.
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