A veces como premio, otras por costumbre, las que menos por vicio, la mayoría como capricho. El cucurucho de castañas asadas ha vuelto por el advenimiento de la Navidad. Tenderos y dependientes que soportan décadas de castañas callejeras en sus manos vuelven a poblar las esquinas de las plazas más concurridas, allá donde no estorben a ningún glamuroso escaparate lleno de luces, bolas, papanoeles y ropa, mucha ropa. La artificiosidad se mide en experiencia, aquí también, aunque cada vez son menos los propios dueños de los tenderetes que atienden a los compradores ávidos de calor en sus manos. Cuidado con hablar muy alto, alguno de estos propietarios ha instalado cámaras con micrófono dentro de los pequeños habitáculos.
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Alfredo Sanguino, atendiendo su puesto de castañas
desde hace 17 años (G.M)
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