Un grupo de personas sigue a un paraguas de color rojo. Otras a uno naranja. Los siguientes al blanco. Es una escena cada vez más habitual en el centro de Madrid. La Puerta del Sol, la Plaza Mayor, el barrio de Las Letras y el Palacio Real son algunos enclaves que, día tras día, pisan decenas de guías ávidos de un negocio que no para de crecer y con una regulación escasa o poco clara. Eso lleva a malentendidos, errores históricos y trabajadores que se copian unos a otros. En Madrid, los guías turísticos oficiales superan una serie de pruebas en las que evalúan sus conocimientos sobre historia y arte, además de un idioma extranjero, aunque esa acreditación no es imprescindible para ejercer.

Si antes se buscaba un servicio de mayor calidad, el turismo actual ha sido víctima del espectáculo continuo en el que se ha convertido la capital, opina Elena Moral, al frente de Cooltours Madrid, quien ha visto cómo la oferta se ha incrementado en los últimos años, al mismo tiempo que ha decaído la exigencia de calidad. La competencia a la que se ven abocadas empresas como la suya le hace pensar que, muchas veces, no se premia tanto el conocimiento sobre un determinado tema como la facilidad para conectar con el público. Es ahí, en la falta de conocimiento, donde algunos guías encuentran su nicho. “Se aprovechan muchísimo del turista extranjero”, sostiene Moral.
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