Motivo de ligera chanza, que los hombres pierdan pelo a edades tempranas ha dejado de ser un fenómeno visto como algo natural a ser tratado como un defecto a remediar. La proliferación de clínicas y publicidad que incitan al injerto comienza a hacer su efecto en unos varones que se debaten entre aceptar su naturaleza o intentar retocarla, en ocasiones derivado de la presión externa. El incremento del uso de medicamentos como el minoxidil y la finasterida dan buena cuenta de cómo la preocupación por la alopecia ha ido a más.

La calvicie tiene ahora otra lectura social. El psicólogo Glen Jankowski, profesor en la Universidad de Dublín, investiga precisamente eso: en Branding Baldness (Construyendo la imagen de la calvicie), expone cómo esa insatisfacción masculina ha sido explotada con la proliferación de medicamentos y tratamientos estéticos en los últimos años hasta reconfigurar su percepción. Lo que antes se asumía como destino, ahora se presenta como elección. En una entrevista con The New York Times, el investigador explicó que los hombres calvos saben que su apariencia física es normal, “pero se encuentran en un entorno que les dice que eso es un problema, que les acabará afectando”.
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