Lo que hace años surgió como una red solidaria para viajar y proporcionar alojamiento a una comunidad mundial que destilaba buen rollo y acercamiento se ha convertido en un bonito recuerdo al que muchas personas no piensan volver. Ya sea por preferir una cama a un sofá, por lo viciada que está la aplicación tras pasar a ser de pago o por haber sufrido alguna que otra mala experiencia –la mayoría causadas por anfitriones varones que quieren ligar con las viajeras–, Couchsurfing ha dejado de ser una opción como lo era antes. Ahora, para usarla, anfitriones y huéspedes deben pagar una membresía que puede ser mensual, trimestral o anual y ronda los 22,99 euros al año.

Esta plataforma vio la luz en 2003. Todo surgió cuando Casey Fenton, un joven estadounidense, quiso viajar a Islandia. No tenía dinero para alojamiento, por lo que envió correos electrónicos a 1.500 estudiantes de la ciudad. Que muchos de ellos le abrieran las puertas de sus casas hizo que se le encendiera una bombilla que ha iluminado el camino de decenas de miles de personas en todo el mundo durante años.
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